lunes, mayo 12, 2008

Sobre los nuevos narradores

Sale en carril número Uno, Chispita, que ha ganado ya el campeonato nacional de galgos, seguido por el número Dos, Dóberman, famoso por su furia, el en carril número tres, con apenas su segunda carrera, Trotsky, un hermoso ejemplar de color ébano y en el carril número cuatro...

A esto, podría resumirse los dimes y diretes sobre la nueva narrativa mexicana. Parece que todos están en competencia. O los ponen a competir entre ellos, los escritores adultos, las instituciones, los que consideran que no están tan visibles ahora, etcétera, etcétera. Yo digo, qué hueva.
Como en los galgódromos, el conejo nunca sabe que lo van a perseguir. Así la literatura y los lectores, ni se enteran.

lunes, mayo 05, 2008

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viernes, abril 25, 2008

A mi me vale madre

Qué bonito el gobernador de Jalisco, Emilio González Márquez.
Ante las críticas de los ciudadanos por donar cantidades millonarias a la iglesia y decirle al cardenal que apenas están empezando y por darle donativos a varias televisoras, contestó con un sonoro y limpio: !A mí me vale madres lo que digan unos poquitos!"
Pues para qué discutir, ¿no?, si mejor te puedo mentar la madre, ¿no?
Que dono 15 millones a la iglesia, pues chinga a tu madre.
Que digo que los hago campeones del mundo en futbol y no lo hago, pues chinguen a su madre.
No, qué bonito. El PRD se autosabotea, el PAN nos la mienta, el PRI, ya hundió al país por largos 70 años.
Así, pues mejor a esperar, ¿no? Que todos vengan y la mienten. Total, mentar la madre es lo más barato y más honesto que nos puede salir.

lunes, abril 21, 2008

Adios mi tierno amor

Este fin de semana se llevó a cabo la última carrera de la Cham Car, antes serie Cart, antes Indy Car. La histórica competición se llevó a cabo en una de las pistas emblemáticas de la serie Cart, en la paradisiaca Long Beach. El triunfo correspondió a Will Power y el tercer lugar, que es lo que me importa, la piloto mexicano Mario Domínguez.
Domínguez se hizo de un nombre en la hoy extinta serie Cart. Su carrera inició con el equipo Herdez Competition, que en un principio era digirido por Hernández Pons y daba cabida a mecánicos, ingenieros, asistentes y auxiliares de equipo completamente mexicanos en una serie completamente norteamericana.
Domínguez llegó a la serie Cart cuando otro ídolo mexicano dominaba las pistas, me refiero a Adrián Fernández. Era un lujo para los aficionados mexicanos al deportes automotor ver esos tres carros con las estelas verdes, rojas y blancas alcanzar los 250 kilómetros por hora en las competencias callejeras, óvalos y más. (el tercer piloto era Michael Jourdain).
Sin embargo, cuando los problemas económicos llegaron a la serie y tanto Fernandez como Jourdain salieron a la Indy Car el primero, a la NASCAR el segundo, la serie perdió interés para el público mexicano. Sólo Mario Domínguez permaneció como el estandarte azteca en una serie que poco a poco empezaba a perder su estilo.
Cambios de equipo después, falta de patrocinadores, relegaron a Mario Dominguez de varias temporadas, al tiempo que la chispa de la Champ Car, antes Cart, se desgastaba en las pistas., hasta el casi patético final de incorporarse a la serie rival, la Indy Car.
Con todo y esto, sólo quedó pendiente una última carrera, la de Long Beach. Los autos de la champ se presentaron en la pista para despedir a una serie por la que pasaron grandes nombres como Montoya, Fitipaldi, Tracy, Bourdais, Adrian Fernández, Helio Castro Neves y muchos más.
La carrera fue una fiesta y al final, es curioso que un mexicano haya alcanzado el sitio último del podio. Es simbólico, ya que, en los últimos de vida de la Champ, la carrera de Monterrey y después de la la ciudad de México se convirtieron en verdaderas bocanadas de aire para el serial. Tan sólo en la primer visita a la ciudad de México se rompió el récord de asistencia en un evento de la serie.
Hoy, la serie ha muerto. Yo me hice fan del automovilismo en la Cart. Muchos, como yo, lamentan su partida, pero al menos Domínguez estuvo ahí, al final, dando la cara por los aficionados mexicanos que con él, nos hicimos totalmente Champ Car.

Antes de leer

Acabo de leer El Husar, de Eduardo Casar. Me gustó mucho. El libro entra de lleno al ámbito del juego con el lenguaje. La historia es simpática. Un Husar se embaraza ¿del lenguaje? ¿de sí mismo? ¿de la nada? y durante esos nueve meses tiene un contacto con cosas instrascendentes y trascendentes, en una historia que es al mismo tiempo una ausencia de historia. Esta novela es un total bullyng, un acoso con los juegos verbales. Es una edición vieja. Pronto saldrá la nueva, sin duda.
Antes de El Husar, leí La guerra enana en el jardín, de Ricardo Chávez Castañeda. El libro tiene muchos aciertos. Retrata con familiaridad una etapa, pero sobre todo, una etapa moral. Los personajes descubren con una inocencia que raya en la inverosimilitud la violencia, el amor, los juegos sexuales, incluso, la literatura. Son cuentos cortantes, veloces, cuya anécdocta parte como rayo y a la par, cuentos lentos, con devaneos, largos como a morir. Me llamaron la atención Contrafuga a 60 kilómetros por hora y la historia de una anodina pareja de intelectuales que le abren la puerta de su casa a un extraño.
Antes de El Husar y La guerra enana en el jardín, me leí El orden infinito de Rodolfo Naró. ¿Qué se puede decir de una primera novela? Mucho, cuando la novela mantiene una claridad y una limpieza con las frases. Mucho, cuando una novela se centra a contar la historia. La novela trata sobre la historia de Analco y la Nina Ramos, una mujer que al estilo de Páramo ejercer el poder sobre la población. Sí, es una novela que otorga muchos puentes con la obra de Rulfo y de García Márquez. A mí, me encantaron muchos fragmentos como la narración de la batalla de Celaya y el retrato íntimo de una región que aunque mágica, no deja de ser real.
Antes de El Husar y La guerra enana en el jardín y El orden infinito, me leí, sí, El castillo de Cristal de Jeannette Walls. Autobiográfica, la novela es una épica de la pobreza, el desorden y la desesperanza del sueño americano. Es una novela que me hizo reír, que me hizo cómplice de los personajes. La pequela Jeannette cuenta la historia de su familia y su deambular por pueblos fantasmas, ciudades en la llanura y somnolientas poblaciones carboneras en los Estados Unidos. Hay una pizca de magia en la forma como evaden su realidad.
Antes de todo eso, vi Los Simpson. Qué buen capítulo Los Simpson. Sin duda alguna.

martes, abril 15, 2008

Se me chispoteó

ya lo dice el viejo y conocido refrán:

"La suerte de la fea... amanece más temprano... No... No por mucho madrugar... la bonita la desea... No... La bonita no desea madrugar muy temprano... y la fea tiene mala suerte desde que amanece... Bueno, la idea es esa."

viernes, abril 11, 2008

La tumba del gorrión


****

...Sólo hasta entonces el niño pudo sentir lo que era matar. Antes lo había hecho, pero de una manera casi instintiva y sólo dentro de la esfera del mundo de los insectos y del juego. Habían sido sus víctimas, arañas que aplastaba con el pulgar, pequeñas cucarachas abatidas por el peso del zapato, hormigas que corrían inquietas ante la flama de un encendedor y mariposas, sobre todo, mariposas. A veces, junto con el resto de la pandilla, cortaba ramas de los pocos árboles en los terrenos baldíos cercanos a su casa y salía al descampado —que no eran otra cosa que los mismos terrenos abandonados, pedazos de tierra cedidos a la intemperie en medio de la colonia—, con el afán de matar mariposas.
Casi siempre era a principios de marzo —o de abril— cuando los insectos atravesaban la zona en un desdibujado peregrinaje hacia el sur, huyendo de los fríos que a veces alcanzaban a lamer las orillas de la ciudad. Junto con los demás, el niño formaba una primer línea imaginaria de ataque, separados los muchachos por algunos metros entre sí, listos para cazar a las mariposas que descendían sobre los descampados buscando tierra. Eran como una marejada multicolor que descendía de los techos de las casas sólo para morir ante el ataque. Algunas, en realidad muchas, caían ante el mandoble de aquella arma ruda hecha con las ramas. Al niño le gustaba escuchar el silbido del aire al agitar el ramaje y le daba la ilusión de que lo arañaba, de que él, con su poca fuerza y con una rama era capaz de dañar algo que no se podía palpar, que no se podía saborear. Y el mejor ejemplo de eso, eran las mariposas que caían con las alas deshechas o los cuerpos rotos, que caían como pedazos de papel entre las piedras.
Después las levantaba, con un gesto casi amoroso, y las depositaba en un bote de plástico donde se hacinaba el resto de los insectos: mariposas amarillas, payasos, monarcas, estilizados caballos del diablo y caballetes. Le gustaba mirar al interior de esas minúsculas cárceles de plástico. La profusión de patas, alas y cabezas con antenas le provocaba ansiedad, como si de pronto trajera patitas tras las encías y hormigas bajándole por la espalda. Al menos durante esa tarde iba con el bote de un lado para otro, mostrándolo con orgullo.
Una vez terminada la caza, el resto de los chicos se reunía a jugar su botín en partidas de tapados.
Los caballos del diablo y las mariposas pasaban de mano en mano en cada revés de la moneda. El niño conocía bien el sistema de valores al interior de la pandilla. Las mariposas monarca se cotizaban alto. Los escarabajos valían su peso en oro, lo mismo que las arañas. Hormigas, tijerillas, grillos, resultaban moneda corriente. Por eso procuraba matar más mariposas monarcas, por eso buscaba entre las piedras los insectos más raros. Aquellos que se salían de cualquier clasificación eran los especímenes con más valor. Nunca se preguntó quién había decidido tal importe.
Era como una vieja tradición que pasaba de generación infantil tras generación infantil. A veces, al revisar el interior de su bote, le daba fastidio saber que tantas palomas amarillas no llegaban ni siquiera al precio de un caballete. Movía la cabeza con cierto enojo al comprobar que otro, con un golpe de suerte, había obtenido con una sola captura todas las ganancias que él había logrado en una hora.
Tampoco importaba, pensaba entonces, porque lo que el trabajo no conseguía, a veces lo alcanzaba la suerte en los volados.
Las monedas eran grandes, de un color cobrizo. Al tocarlas se traía un olor a tierra agria. Al niño le gustaban esas monedas. Lo hacían sentir que sí traía dinero. Desechó desde ese entonces la liviandad de los billetes, era como traer aire, el mismo que intentaba rasgar con las ramas.
El grupo se juntaba afuera de una casa donde vivía un viejo: una casa de tablones amarillos y techos de hojas de asbesto, la única de la cuadra con jardín al frente, también la única de la cuadra que no estaba construida con bloques y lozas de cemento. En el jardín había una higuera y un árbol de mandarinas. El grupo hacía un círculo y mostraba el interior de los botes ante los ojos escrutadores de los otros niños. Después los pasaban de mano en mano para comprobar la calidad de los insectos. No tardaban en hacerse los retos, las apuestas corrían, las manos frotaban las duras monedas de cobre contra la banqueta para calentarlas y así las lanzaban al aire.
Tanto por el caballito del diablo. Yo quiero la monarca que está buena. Te reto estos cinco chapulines por el chapulín rojo. No la llegas, no la llegas. Las monedas en el aire eran como otras mariposas con su aleteo de fortuna o infortunio. Antes de caer, las manos, rápidas, las ocultaban. Cara gana, escudo pierde, escupía con desdén quien había ganado todas las apuestas hasta ese entonces. Después las manos se levantaban y empezaba el conteo. Gané, gané, perdí, gané, perdí. Se intercambiaban los animalejos y volvían a apostar.
Así se podía ir la tarde hasta que sólo uno obtuviera todo el botín. Mientras tanto no faltaban las risas, las burlas, el relato a veces minucioso y repetido de los incidentes de la caza. Alguno se lamentaba por aquella mariposa que se le había escapado, otro pregonaba el insecto más interesante de la jornada.
Al niño no se le iban muchas, pero cuando alguna se escapaba, no diría que feliz, pero libre de él, una pequeña frustración le invadía el pecho. No se quedaba lamentándose mucho rato, porque la caza continuaba y había qué volver. Pero sólo hasta la hora del juego era cuando empezaba a recordar ese botín que se le había ido entre las ramas, literalmente.
Pocas veces ganó el botín de insectos. La mayoría de las veces lo dejaban limpio a la cuarta o quinta ronda. A veces se esperaba, no hacía apuestas, atento al devenir del juego. Sus ojos iban de la moneda en el aire a las manos que las ocultaban, después la revelación. Al final terminaba apostando.
Al finalizar el juego, llegaba lo más importante de todo: la hoguera. El ganador tenía el derecho de lanzar sus insectos al fuego. Era un ínfimo golpe de gracia para los insectos: el que lograra escapar se salvaba. Hacían la hoguera en el mismo terreno baldío donde había sido la cacería, trozos de madera y plásticos servían de combustible. No tardaba en levantarse un fuego espeso, trabado y líquido abajo pero bailarín, nervioso, volátil en la parte alta. El ganador lanzaba el insecto al fuego. Les gustaba ver cómo enrojecían, cómo se agitaban los cuerpos por última vez. Aplaudían cuando alguno lograba escapar, generalmente los caballitos del diablo o mariposas de alas intactas a pesar del manoseo.
Una vez, recordaba el niño, una mariposa monarca había estado a punto de escapar. Se elevó con dificultad, acomodándose al aire después del envión. Todos los ojos la siguieron en su periplo. La mariposa jadeó, rozó el fuego, se elevó, se elevó, casi sorteaba el fuego cuando un manotazo de lumbre la alcanzó, pero el insecto siguió volando y justo cuando parecía que se iba, justo cuando estaba por arrancar la admiración en todos, repentinamente apretó las alas, encogiéndolas alrededor de su cuerpo, enroscada y cayó al fuego. Una sentida lamentación abrasó las bocas de todos. Luego lanzaron más insectos.
A veces el niño pensaba que en ese pequeño juego se condensaba todo lo que ocurría alrededor de él o lo que podría ocurrir alrededor de él: mariposas a salvo de las llamas o mariposas consumidas. Una parte de él se quemaba con las alas amarradas por la lumbre, otra parte de él se quedaba a salvo cuando veía a la débil mariposa levantar el vuelo con dificultad, como si de un salto mágico hubiera evadido el fuego.
Y sin embargo, durante todo ese tiempo, desde que aprendió a matar insectos, nunca había tenido esa sensación de abandono y ansiedad que ahora sentía. No era placer, aunque no lograba precisar si era alegría lo que sentía o una profunda tristeza, pero era una sensación que no lograba precisar. Con el cuerpo muerto a sus pies —se le había caído de las manos—, intentó descifrar eso que ahora lo embargaba. Era una sensación cálida, pero al mismo tiempo vergonzosa. Sólo hasta ese momento se preguntó por qué lo había hecho. No era una pregunta que viniera de la culpa. No. Pero después se preguntó porqué hacía lo otro con los insectos.
Intentó recrear lo que sentía al matar insectos y no tardó en llegar a la conclusión de que sólo le causaban alegría cuando los mataba en el llano, cuando los lanzaban a las llamas. En otro momento, en otra circunstancia, no eran nada: sólo insectos. Algo, no alguien, a quien se podía aplastar. Su propio padre lo hacía. Su madre a veces regresaba del supermercado con veneno para ratas o contra cucarachas. Lo dejaban con suma tranquilidad en las esquinas, casi siempre en pedazos de tortillas o pan duro. Nunca en carne. Nunca. Se lo pueden comer los gatos, le había dicho una vez su madre. Ya sabes que a tu hermana le gustan los gatos. Así había aprendido que unas cosas se pueden matar, pero otras no.
¿Y por qué esas otras cosas no se podían matar?
La preguntó apareció de nuevo mientras veía el cuerpo a sus pies. Por un momento quiso salir corriendo, ocultar el cadáver, no ser visto en la escena del crimen, pero después pensó de nuevo en sus amigos que se sentaban a ver insectos quemándose. Intentó encontrar la diferencia pero no halló ninguna. No había ninguna diferencia en el fondo: cortar una vida, aplastar pequeños o grandes pulmones. ¿El permiso para matar tenía qué ver con el tamaño? ¿Había un permiso especial, un permiso dado por los centímetros y las reglas de medir? Tal vez, por eso, a los gatos no se les debía de matar. A las ratas sí. Las ratas eran de un tamaño que sí se podía aplastar. Gatos no, ratas sí. Insectos sí, conejos o perros no. Se lamentó entonces por los que mataban elefantes. O los que mataban personas.
Sólo entonces sintió tranquilidad y pudo descifrar bien ese sentimiento. Se inclinó y tomó el cadáver. Lo auscultó. Después alzó la vista y buscó al resto de sus compañeros, perdidos en el llano mientras jugaban a las guerras. A un lado estaba la piedra con la que había matado al animal. En verdad, había sido un golpe de suerte y nadie le había prestado atención en ese momento. Estaba solo en el llano, hundidos sus pies entre las piedras. Metió el dedo gordo en el pico del ave y jaló de él hasta que lo abrió.
Qué cosas se pueden encontrar en el interior de un pico.
Después escuchó su nombre y, al igual que los insectos, tiró el animal entre las piedras mientras corría de regreso con el grupo. Aprendí a matar aves, se dijo con cierta felicidad mientras aceleraba el trote, ansioso por contarle a los demás su hallazgo y mientras el aire se le enredaba en el rostro, los codos y las rodillas: hoy aprendí a matar cosas con alas...

jueves, abril 10, 2008

Una noticia para alegrar el día

(Tomado de El Universal)
Maestros, alumnos y padres de familia de la primaria Benito Juárez protestaron ante la Agencia del Ministerio Pública de Neza-Palacio por el robo de seis computadoras que eran parte de la Enciclomedia del plantel.
El director de la institución educativa, ubicada en la calle Voladores, colonia Metropolitana Primera Sección, Adán Cruz Cisneros, indicó que este no es el primer caso que ocurre en la zona, y lamentó los altos índices de inseguridad que privan en el municipio.
"Parece ser que es la moda que ahora los delincuentes penetren a las escuelas y roben los equipos de cómputo sin medir las consecuencias, no sólo económicas, sino académicas que provocan a los estudiantes", comentó.
Cruz Cisneros detalló que los conserjes se percataron que las puertas de los talleres de cómputo de quinto y sexto grados se encontraban abiertas y que faltaban las computadoras, por lo que de inmediato avisaron a las autoridades del plantel.
El director indicó que al lugar acudieron los peritos del Ministerio Público para corroborar el robo y detectar todos los detalles para dar con los culpables.
Adán Cruz abundó que este hurto afecta de manera directa a 300 alumnos de quinto y sexto grados, además de forma indirecta a otros 700, quienes ya no contarán con el equipo de cómputo para concluir el ciclo escolar.
fml

Qué gran novela es El castillo de Cristal de Jeannette Walls: sencilla, contundente, asfixiante, con pequeños rastros de humor. Pero ningún literato de medio pelo para arriba en este país la leerá porque, bueno, se supone que es una novela fácil, una novela light.